Reflexión | 20 de noviembre de 2020


 

Este año 2020, lleno de restos, está por terminar, y bien vale la pena hacer un balance de lo que, a lo largo de estos meses hemos vivido; pero también, sería buen momento de replantear nuestras misiones y metas personales de vida, así como el propósito que nos hemos de imponer de aquí en adelante. Además de lo anterior, debo decir que la necesidad de escribir este artículo deviene de la reciente celebración del "Thanksgiving", una celebración típicamente atribuída a los Estados Unidos de Norteamérica, que también tiene su homónimo en Canadá, donde no se celebra en la exacta fecha, pero cuyo propósito es el mismo, y que aprovecho para expresar: que debería ser universal, por el sentido que representa.


Este año ha sido calificado por algunos, como "el año de la peste", y es que la crisis sanitaria mundial causada por el coronavirus COVID-19, que a la fecha [29/11/2020] ha cobrado la vida de 1.4 millones de personas, nos hizo replantear nuestras estrategias de organización y vida; en este sentido, debo decir que lo único que hizo el COVID-19 fue recordarnos que no somos dueños del mundo como creíamos, y nos hizo darnos cuenta (al inicio) de lo frágil que es el equilibrio. Hoy a unos cuantos meses, seguro estoy, estamos más cerca de acabar con la crisis sanitaria internacional, lo que nos habla de la capacidad que como seres humanos tenemos para sobreponernos a los retos que tenemos, unidos más que nunca, en un tiempo en que necesitábamos reconectarnos con nuestro ser interior.


Ahora bien, dejando aparte la crisis de salud, en el panorama general, otro de los retos sigue siendo la injusticia que, en los casos de América Latina, parecen ir tomando un sentido orientado a la sociedad, y al menos por este momento, parece también estar acabando con los privilegios de los grupos en el poder; en Chile por ejemplo las protestas que comenzaron por el aumento de los precios del metro, han derivado en la elaboración de una constitución nueva y de corte mucho más social. En Perú las protestas contra el gobierno han derivado en movimientos sociales liderados por jóvenes, cuyos atinados fines (según mi perspectiva personal), se extienden a otras naciones sudamericanas. 


El Black Lives Matter, y el descontento social por la represión de las comunidades afroamericanas por parte de la administración saliente en EE.UU., es la causa del nuevo horizonte para el impulso de una política que, por lo menos en este momento, parece tener una causa más inclusiva; en este caso, habrá que permanecer expectantes de la transición en el gobierno norteamericano.


De entre lo positivo de este año, debe quedar claro que fue un año de transición hacia estructuras más justas socialmente hablando, después de todo, los seres humanos debemos sobreponernos a los retos, llevar nuestras sociedades hacia nuevas y mejores proyecciones con miras a un futuro que debe ser construído para la prevalencia y la viabilidad de la raza humana en el tiempo... lo dice uno de los principios de la misión de la iglesia anglicana:

Tratar de transformar las estructuras injustas de la sociedad, enfrentar la violencia de toda índole, y buscar la paz y la reconciliación.

Principio que debe interpretarse más allá de la perspectiva religiosa de cada persona, y que debe aplicarse a la vida social e individual de cada ser humano en el mundo.

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